Este cuento ganó el segundo premio del concurso "Olegario Víctor Andrade" organizado por el IES "Olga Cossettini" en junio de 2010.
Medio
siglo
Hay
días sospechosamente light
hay
un deseo que pido siempre que pasa un tren...
(Andrés
Calamaro)
En
días como éstos pasan cosas que no suceden otros días... son días
excepcionales que muchas veces hasta quedan marcados en el
calendario de la agenda, o que merecen una entrada especial en el
diario personal... nunca son un día más, como pintaba el de
Clarissa Dalloway, donde la rutina sugería que el proyecto era
simplemente preparar esa fiesta y donde, poco a poco, invade un
mundo entero atropellando...en sólo veinticuatro horas.
Ella
se levantó como siempre en vacaciones, sin horario fijo, decidió
desayunar en la cama, aunque frugalmente: le gustaba esa sensación
de tener tiempo libre y disponible para disfrutar esos pequeños
caprichos cotidianos: un café con leche, unas tostadas, en la mesa
del patio, al sol. Hacía calor como no puede ser de otra forma en
enero por estas latitudes y repasó vagamente lo que tenía planeado
para esa jornada especial. Miró los papelitos que se apilaban en la
mesa para organizar las actividades necesarias: básicamente compras
y llamados de último momento para confirmar, algunos mensajes de
texto entre quienes ya estaban al tanto, nada demasiado complejo ni
demandante para un día tórrido que se inauguraba con más de 27
grados que seguramente irían ascendiendo sin prisa ni pausa. Por
precaución, prendió la notebook y controló el pronóstico en la
página del servicio metereológico: tiempo bueno, cielo despejado,
vientos leves del sector norte, mínima 26, máxima 34. Todo bien,
pensó, esperando que no fuera uno de esos pronósticos errados.
Lamentó
la soledad: sus hijos no estaban en casa. Solamente la perra que iba
y venía fantaseando con que la sacaran a pasear alteraba la quietud
de la casa, que era tranquila, aunque nunca silenciosa: el canto de
gorriones, torcazas y otros bichos la invadía desde muy temprano por
las mañanas; a veces, el zumbido de los colibríes se sumaba a ese
coro, casi como si estuviera en el medio del campo, si no fuera por
el telón de fondo del tránsito urbano alternando el ruido fuerte de
los motores de colectivos y autos.
Se
vistió con ropa fresca y cómoda: la jornada pintaba calurosa y
había mucho que hacer. Agarró las llaves y salió casi al
trote...le parecía que no le iban a dar los tiempos, pero después
aminoró la marcha: hoy no era un día para apurarse, lo teñirían
los recuerdos, los balances, esa veta filosófica que de vez en
cuando la tomaba por asalto y que tanto le gustaba. Una vez en la
calle sintió esa placentera sensación de que todo iba ocurriendo
según lo esperado...
¿Qué
pecado se puede cometer cuando una tiene cinco años, asiste a una
escuela católica y es buena chica? Técnicamente, ninguno: todo está
muy reglado, muy controlado por maestras amables, y por un superego
muy cultivado que marca qué está bien y qué está mal. Ella era
muy feliz en el jardín de infantes: dibujaba, jugaba, tenía un
montón de amigas y, sobre todo, a la Señorita Olga que era la mejor
del mundo...¿Qué más podía pedir? Hasta que hubo una vez, como en
los cuentos, que la señorita dejó unos caramelos en el escritorio.
Ella entró a buscar su muñeca al salón mientras todas estaban en
el recreo y no pudo resistir la tentación de comerse ESOS caramelos.
Cuando volvieron del receso, la señorita se sorprendió de que no
estuviera en su mesa todo lo que ella había dejado y, por supuesto,
interpeló a todo el grupo acerca de la falta. Sintió algo feo
adentro suyo,visceral, pero más todavía en eso que ella sentía era
su “alma”, un dolor extraño, diferente del que experimentaba
cuando se enfermaba: no era la panza, ni la cabeza, era algo más
profundo...Pero no se animó a hablar, justamente porque, por ser
siempre una chica buena, no sabía qué les deparaba a las chicas
malas... y tuvo miedo, mucho miedo. Nunca nadie supo de éste, su
primer pecado, que después de muchos años todavía le producía esa
sensación tan desagradable que dejan las cosas no resueltas: así
fue que por primera vez(y no sería la última por cierto) conoció
de primera mano cómo era la culpa.
Entró
en un negocio, hizo su pedido, comentó trivialidades al pasar,
saludó como siempre muy amablemente. En la calle, el sol le dio
impertinente en la piel: hoy iba a tirarse un rato en la reposera
para mantener ese dorado tan cuidado que mantenía hasta bien
avanzado el año: hoy más que nunca. Se sintió afortunada de que la
gente de los negocios de su barrio fuera siempre tan cordial y
estuviera de buen humor. Próxima parada, la panadería...
Habrá
tenido seis años. Época lúdica, de disfrutar, de aprender y de
plantearse poco para el futuro. Puro carpe diem. Acumulaba, sin
embargo, algunas frustraciones no menores. Hacía unos días la
profesora de danzas había “sugerido” a sus padres que ella
debería dejar las clases de “clásico” porque estaba un poco
excedida de peso y eso no era muy prometedor para una bailarina. Y
así fue que perdió uno de sus espacios predilectos y tuvo que dejar
de bailar. Un poco enojada, y sin comprender todavía por qué ya no
haría puntas y demi-pliés, puso más atención en otra de sus
pasiones temporarias: la equitación. Ahí sí la querían y ella
amaba saltar, y trotar encima de esos seres maravillosos que parecían
sacados de los cuentos que leía con avidez. Aún cuando no tenía
clase, se escapaba lo mismo a las caballerizas del club aristocrático
donde aprendía a cabalgar para hablar con los bichos que la miraban
raro pero que aceptaban sus caricias y terrones de azúcar con
satisfacción. Ese pasó a ser su paraíso de bailarina frustrada: si
no podía bailar, podía volar con la ayuda de los equinos. Pero de
vez en cuando la vida, como cuenta el Nano, nos gasta una broma, y de
las pesadas. Aburrida de estar en la pileta con sus amigas, decidió
ir a saludar a sus otros amigos incondicionales. Con la malla
chorreando todavía, caminaba entre los caballos eligiendo cuál
sería ese día digno de su afecto y azúcar cuando se acercó el
encargado, a quien ella conocía de vista, que la saludó con
simpatía y le preguntó qué andaba haciendo por ahí. Como lo que
ella iba a hacer no era nada malo, le contó mirándolo detrás de
sus enormes anteojos. El festejó su actitud, mientras se
acercaba(demasiado cerca, pensó) y empezaba a tocarla de un modo
inusual: “como vos le hacés a los caballos”, le decía. Ella
sintió que había algo que no andaba bien y quiso irse, pero el le
dijo que la acompañaría en su visita, mientras la tomaba del hombro
y volvía a deslizar su mano por ahí. Una vez más ella se sintió y
mal y salió corriendo de la caballeriza. Cuando estuvo lejos, sintió
ganas de llorar mucho. Así la encontraron más tarde, llorando
mientras decía que ya no quería aprender más equitación porque
eso seguramente le iba a hacer mal. Así conoció, también de
primera mano y para siempre, qué significaba el abuso.
Paola,
la panadera, que algo sabía de ese día, la saludó afectuosamente,
le preguntó si necesitaba algo especial y le deseó que la pasara
bien, que después le contara cómo había ido todo. Sonrió, se
despidió y volvió a la vereda soleada donde la temperatura seguía
subiendo cada vez más. Le preocuparon un par de nubes en el cielo,
pero imaginó que serían pasajeras. Faltaban unos metros para llegar
a la granja.
“Seguí
durmiendo que no hay clase: hubo un golpe militar”, le susurró su
mamá al oído mientras le acomodaba las frazadas. Mareada por el
sueño que no se iba, se preguntó por el mensaje recibido: ¿golpe
militar?¿Qué será eso?. Pero decidió que dormir un rato más no
estaba mal, se acomodó bajo las mantas calientes y todo viró a
negro de nuevo.
Cuando
despertó, casi al mediodía, en la casa reinaba un clima muy
inusual, mezcla de fiesta y alivio. No comprendió la razón de la
algarabía, pero cuando recordó la frase de la mamá(“hubo un
golpe militar”)de inmediato supuso que ambas cosas tenían algo que
ver.
De
ahí en más, la vida cotidiana no fue igual, aunque le costaba
precisar en qué sentido había cambiado. A los trece años no era
como otras adolescentes, ya que los transcurría sin los conflictos
típicos de la edad, en parte por el entorno familiar, en parte por
la impronta de su escuela, en parte por los rasgos de su
personalidad. El paisaje había cambiado: cerca de la escuela, un
número impreciso de soldados custodiaban un edificio al que nunca le
había prestado atención; cada tanto se escuchaban explosiones
inexplicables; algunas personas conocidas llamaban para avisar que se
iban del país, el diario se llenaba diariamente de noticias de gente
muerta, de ataques “subversivos”, palabra que no terminó de
entender ni siquiera buscándola en el diccionario... En la escuela,
algunas materias cambiaron de nombre y algunas profesoras dejaron de
hablar de ciertas cosas de un día para el otro como si las hubieran
hechizado. En el club náutico, al que iban en familia los fines de
semana, se incendiaron algunos de los barcos más lujosos y los
alrededores aparecieron tapizados de pequeños papelitos con mensajes
que no llegaba a comprender acerca de una patria ¿socialista? que
ella no sabía cuál era:¿la patria no era su país?¿El golpe
militar le había cambiado el nombre y ella no se había enterado?
Poco a poco se fue acostumbrando a los cambios y se hicieron parte de
lo habitual y ya nada le llamaba demasiado la atención. El color
verde oliva, la violencia, la “subversión”, el miedo se
convirtieron en signos que modelaron su lenguaje y su vida e
ingresaron en su diario personal como anécdotas a registrar. Y allí
estuvieron por esos años complejos dejando huellas que volverían a
resignificarse en modos inesperados tiempo después.
Terminadas
las compras, almorzó un sandwich básico: no tenía hambre pero
estaba ansiosa y si picaba algo seguramente se sentiría mejor. Hizo
un par de llamados, mandó otro par de mensajes, asegurándose de que
hubieran llegado. Era temprano para tomar ese sol implacable del
mediodía por lo que decidió leer un rato, escuchar música y
descansar pensando como horizonte para empezar a organizar lo que
faltaba las seis de la tarde. Ya para entonces podría haberse
asoleado bastante y duchado para ultimar detalles.
Alrededor
de las cuatro, ya estaba recostada en la terraza, con los auriculares
ajustados para que la música acompañara el momento, relajada y
satisfecha de que todo estuviera en orden, si es que eso existe.
¿Cómo
saber cuál es el primer amor?¿ Primero en qué? ¿Es ese pibe que
te besó por primera vez y te tomó por sorpresa porque avanzó
demasiado?¿Es aquél con el que soñaste los primeros proyectos a
futuro?¿El que alteró por primera vez tus endorfinas y no sabías
qué hacer con lo que te atravesaba el cuerpo? Difícil saberlo
cuando una es proclive al enamoramiento y a la fantasía y no busca
“tranquilidades si el cuerpo le pide trinos”. ¿Hace falta
establecer un ranking y ordenarlos por las marcas que fueron dejando,
las buenas y las malas?¿Y cuál es finalmente “el hombre de tu
vida” si existe? ¿Cómo se hace cuando no hubo muchos hombres en
tu vida pero, aunque de paso algunos, CASI todos fueron maravillosos
y, si no te hicieron “ser” feliz, al menos “estuviste” feliz
mientras compartieron la ruta?¿Y qué es lo que buscabas en esos
hombres, siempre lo mismo o fue cambiando la demanda con los
años?¿Ternura, afecto, compañía, complicidad, pasión, sexo, todo
junto?¿Hubo alguno que realmente tuviera todo junto o de quien
esperabas que te diera todo lo que querías en ese momento?¿No son
demasiadas preguntas abiertas para tanto tiempo transcurrido?¿No
será que seguimos buscando, entonces?
Una
ducha rápida y fresca la puso en carrera nuevamente. Se miró al
espejo(cosa que raramente hacía), se acomodó el pelo, sonrió y se
dijo que podría ser peor lo que le devolvía la imagen. Se cambió y
se fue para la cocina a preparar algunas cosas que llevaban su
tiempo. Se congratuló de haber elegido lo frío: con este calor,
prender el horno hubiera sido infernal, valga la metáfora. Se
preparó unos mates y puso manos a la obra.
Caminaba
por la peatonal de Villa Gesell. Había discutido con su compañero y
le disgustaba desperdiciar las vacaciones en esas charlas de siempre
donde las cosas no se resolvían y parecía que todo se iba a pique.
Sin embargo, estaba de vacaciones, que como el veneno vienen en
frasco chico (siempre) y no estaba dispuesta a arruinarse esos pocos
días de descanso...De pronto, vio una de esas estatuas vivientes que
tanto le gustaban y encima, disfrazado de malevo tanguero. Con
movimientos leves, como si estuviera tomado en cámara lenta,
cambiaba de posición cada tanto mirando fijamente al público sin
que su cara cambiara de expresión. A sus pies, un recipiente pequeño
plateado, del mismo color que el personaje, invitaba a quienes
observaban el espectáculo a colaborar económicamente con la
subsistencia del artista callejero. Siempre dejaba algo en esa
“simil-gorra” porque era consciente de que tras la simpleza del
actuar, sobre todo si era bueno el desempeño, había mucho cuerpo
puesto, mucho trabajo de horas, desvelos y proyectos. Se acercó y
puso lo suyo. De inmediato, el ser plateado giró hacia ella, puso su
mano en un bolsillo y extrajo algo que retuvo en la mano cerrada.
Extendió el brazo con una suavidad inusitada. Emocionada extendió
su propia mano para agarrar lo que la “estatua” le ofrecía. Como
único mensaje, recibió un guiño imperceptible y una sonrisa.
Aferró el tesoro que le ofrecieran y siguió caminando. Unos pocos
pasos después, abrió la mano y encontró una pequeña cuenta
plateada. Sonrió para sí: la noche estaba salvada por ese acto
anónimo (¿Cómo se llama?¿Quién es?¿Dónde vive?), aparentemente
irrelevante. Pero ya se sabe, nunca puede preverse dónde se
cosechará lo que una siembra.
Para
las siete, ya casi estaba todo listo. Una vez más lamentó que los
chicos no estuvieran con ella no sólo para darle una mano, sino para
compartir todo lo que se venía. La enojaba terriblemente esa serie
de desacuerdos y hostilidades que hacían imposible el diálogo con
el papá de los chicos, que era responsable de que no estuvieran
allí. El nunca había comprendido qué era lo valioso, lo importante
para ella y, simplemente, era también por eso que el tampoco estaba
allí. Suspiró mientras acomodaba todo en las bandejas y pensó que
esa sí había sido una decisión dura, pero tal vez una de las más
sensatas que había tomado en su vida, aunque no la única sensata,
por supuesto. Faltaba el ritual de siempre, el de escribir unas
líneas en su diario. Sin saber por qué, se encontró
escribiendo:”Aprendí, de mirar la vida a la cara y sin temerle,
que no hay que tener ombligo, menos ombligos… ni el propio, que te
corta tanto del mundo, ni instalar ombligos de otra gente que
pretende ser el tuyo. Sin ombligos, una puede, como las chicas malas,
ir a todos lados y no ir al cielo, necesariamente como las chicas
buenas… después de todo, creamos o no en el paraíso, venga a
nosotros tu Reino también quiere decir que lo podemos armar acá
nomás, en nuestro cotidiano, en nuestro día a día, sin esperar ese
otro que no sabemos a ciencia cierta dónde carajo queda”.
Tarde
de sábado de mayo sin nada que hacer. Mal de amores carcomiendo el
corazón, nostalgia de lo que fue y no es más. Llamado de Gaby para
pasar la tarde colaborando en la mudanza de un barrio: programa
original si los había (¿Mudar un barrio?¿Qué quiso decir con
eso?). Bueno pero mejor bien acompañada que mal sola. Viaje en
colectivo hacia la nada(¿Dónde queda esto que no sentí ni nombrar
las calles?), cavilando, extrañando.
La
bienvenida amiga, una caminata por un camino de tierra que se hacía
barro al fondo hasta...un grupo de ranchos de lata...¡mudar un
barrio! La entrada con Gaby, en debut exclusivo, a un rancho de villa
y adentro, lo que no puede, lo que no debe existir: olores rancios,
restos de comida sobre muebles desvencijados sobre piso de tierra
barroso, la ropa en cajas de cartón, los chicos descalzos yendo y
viniendo muriéndose de risa (¿De qué?), un espacio que se
desgatiñaba por parecer una casa...mudar la villa al barrio. Tomó
toda la tarde y la otra siguiente. Por su vista ya no había lugar
para que entrara más nada. Qué es la pobreza, la miseria, se sabe,
pero no es ESTO. ESTO no puede tener ni un nombre, no es digno de
tener significante que lo nombre por lo terrible, por lo abandonado,
por lo marginal, por lo obsceno a la dignidad... y ahí golpeó la
epifanía joyceana, sin ser “artist” y menos “young man”: acá
está lo que hace décadas estás buscando, éste era tu eslabón
perdido, lo que te conecta al mundo real, nada de virtualidades, nada
de que te cuenten los libros lo que está pasando ahí fuera. Y fue
en ese barrio, en ese barro, perdida entre tantos interrogantes sin
respuesta, que su vida tomó un rumbo definitivo, implacable, de
camino sin retorno. Era como nacer de nuevo en otro planeta, del que
nunca querría volver. Ya no sería la misma, ni quería serlo. La
militancia era un palimpsesto cuyas huellas indelebles muchos
episodios de su vida habían intentado borrar sin éxito. Hechos acá
y allá habían armado una utopía sinuosa, indescifrable por años,
que se remontaba a sus años adolescentes cuando enseñaba
voluntariamente algunas cosas que ella no sabía del todo bien a
chicos y chicas muy pobres que sabían menos, o cuando limpiaba culos
sucios y mocos a los chicos y chicas “con problemas” del
hogarcito...los condenados y condenadas de la tierra, sin
aspiraciones a convertirse en candidata al Nobel, pero entendiendo
que las cosas no eran así, solamente estaban así y se podían
cambiar como piensa Paulo.
Mientras
repasaba las copas, sintió un gran cansancio. Como si todo se
precipitara de golpe y la espalda no resistiera más una mochila que
ya tenía puesta. Tantas cosas. Una a una repasó las copas y las
ordenó inútilmente siguiendo un esquema que en breve desarmaría.
Cuando giró para buscar los cubiertos y las servilletas, se le
deslizó un bretel del vestido estival que llevaba puesto. Sonrió.
“¡Ay,
cuánta gente en la verdulería! Tendría que haberme levantado más
temprano, si ya sé que el sábado esto está desbordado”, pensó.
Había tenido una semana perra, mucho trabajo, los chicos enfermos, y
encima EL ni había vuelto a aparecer. Todo mal, y todavía había
que pasarse toda la mañana haciendo compras, cosa que detestaba.
Estaba parada pacientemente esperando su turno, cuando sintió un
roce imperceptible, sensual en la espalda “Madre, tenés bajo el
cierre del vestido, ¿te ayudo?”. La sorprendió la sensación, a
cargo de la mano de un desconocido, no supo que decir, de hecho no
dijo nada y aparentemente algo de su actitud fue interpretado por el
chico de la verdulería como un “si”. Entonces volvió a sentir
ese escalofrío placentero de un par de dedos subiendo la cremallera,
solo unos centímetros, que le produjeron una sensación nunca antes
experimentada. “Listo, ¿qué buscabas, madre?”. Con dificultad,
como quien aterriza después de un viaje con muchas horas de vuelo,
hizo su pedido, pagó y se fue. Afuera, todo parecía más luminoso.
Porque si, nomás.
El
mantel puesto, la mesa lista, todo en su lugar. Era hora de empezar a
cambiarse. O peor de elegir qué ponerse. No había previsto nada
particular, pero sabía que tenía que estar radiante o diferente al
menos, no con la ropa de todos los días. Abrió el ropero y todo le
pareció deslucido, común. Habrá que combinar entonces. De todos
modos, sobre la piel bronceada, casi cualquier cosa luce distinta.
Eligió, se vistió. Listo. Pensó qué era lo que quedaba pendiente,
puso un poco de música: si, unos tangos vendrían bien, muy a pesar
de las letras y la cadencia, siempre la ponían de buen ánimo. Y hoy
eso era lo que quería.
Nunca
supo bien por qué pero entre lo nuevo que había decidido para ese
año duro y triste(¿Qué separación no lo es?) en un cuidadoso
punteo escrito en una hoja de papel estaba “aprender a bailar
tango”. No sabía cuándo ni dónde pero tarde o temprano iba a
animarse. Por casualidad, descubrió un lugar donde enseñaban tango
y después, por pura coincidencia, una amiga le comentó que ella iba
a aprender ahí. Ya no tenía excusas: pasó, combinó día y horario
con el profesor(un señor de sesenta largos) y estimó más
conveniente empezar con una clase particular y no una grupal: no
estaba para pasar papelones.
Con
un temor indisimulado, concurrió al lugar el día convenido,
esperando encontrar una clase con cierta estructura y método donde
se empezaría con algo básico, nociones generales para luego ir
avanzando. Error. El señor mayor, o sea, el profesor de tango,
apenas hubo puesto a sonar el primer tango, la abrazó con firmeza y
comenzó a llevarla de un lado a otro, esperando que ella lo siguiera
como pudiera. Sintió una sensación difícil de poner en palabras:
abrazada a un extraño, que además estaba perfumado con un aroma que
la acompañaría todo el día, intentando interpretar qué hacer.
Luego de dos o tres tangos, el se separó con brusquedad, la miró
fijamente y le dijo:”Mira, nena, si vos no vas a abandonar ese
perfil de minita emancipada que tenés, nunca vas a poder bailar
tango”. El latigazo, porque fue eso, un latigazo, le cruzó el
rostro y el alma, dejándola sin aliento y arrepentida de estar allí.
Pero insistió y continuó algunas clases más, sin mayor éxito. Al
cabo de unos meses, cuando ya había entrado en confianza con el
profesor, atinó a preguntarle qué otro secreto había que ella no
había descubierto para aprender a bailar porque todavía no podía
hacerlo. Y se quejó porque hacía tantos meses que iba a las clases
y nada. A lo que el respondió, una vez más, lapidario:”Esto no se
cuenta en meses, es como aprender a volar aviones, son las horas de
vuelo las que cuentan, no el tiempo que pasa”. Sintió que haber
querido aprender algo “tan nuevo” a sus cuarenta y tantos había
sido un error, que nunca podría hacerlo... Le parecía que haber
elegido el tango, entre otras tantas cosas, la ponía de nuevo en el
universo de lo marciano, de lo raro, no compartía este gusto con
ninguno de sus amigos o amigas, navegaba sola por un mar donde no
había nadie... Abandonó el tango con pesar, sufriendo
porque, de la gente cercana, el único que la hubiera apoyado,
alentado y comprendido era su papá, que había fallecido unos pocos
meses antes de que ella hubiera asumido convertirse en una milonguera
más. Sin embargo, notaba que ese extraño mundo había empezado a
afectarla de una forma inesperada: mientras estaba de viaje en un
lugar lejano, se había sorprendido a sí misma lagrimeando conmovida
cuando escuchó unos tangos de Rivero. A la vuelta del viaje, cambió
la estrategia y buscó la clase grupal. Poco a poco, encontró la
clave insospechada para aprender a bailar mejor: alternar con
diversas parejas, bailaran bien o mal, lo mismo daba. Y lentamente,
el 2 x 4 se le fue metiendo en la piel, en el torso, en la espalda,
en los ojos, y en el corazón. No abandonó nunca su aspiración
emancipatoria, pero aprendió finalmente a dejarse llevar por la
música y por el compañero ocasional que le tocara, a comprender
cabalmente por qué, según Taboada, “este compás repicadito y
dulzón te burbujea en la piel y te hace más querendón” (género
aparte, ya que el tango, dicen por ahí, es muy machista).
Sola
en el patio, ensayó unos pasos sueltos al compás de “Vuelvo al
sur”, su tango favorito. Ya no había más que esperar que llegara
la gente. Empezó a ponerse inquieta, no por lo que estaba por
ocurrir, sino por lo que había estado ocurriendo desde temprano.
Mala costumbre esa de hacer balances, revisar pedazos de vida,
recuerdos y anécdotas. Pero hoy era inevitable. Lo que estaba
pasando hoy no pasaba tan seguido. Echale la culpa a Occidente pensó,
tal vez los chinos no hacen tanto bardo por esto...
Sonó
el timbre, prendió las luces del patio. La noche era de delivery:
como si la hubiera encargado así, espléndida, cálida, estrellada,
limpia. Abrió la puerta. Era justamente quien más esperaba ver.
Escuchó la inevitable cargada: “¿Cómo anda la viejita? Viste que
me ibas a alcanzar algún día...¿Qué se siente con medio siglo
encima?”. La besó con ternura mientras le susurraba:”¡Feliz
cumple, bambina!”.
Seudónimo:
La Maga/
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