lunes, 4 de noviembre de 2013

Tres Erres

Mi tercer cuento y, una vez más, premiado en el concurso "Julio Cortázar" organizado por el IES "Olga Cossettini". Que lo disfruten...


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Tres Erres

Siete de la tarde. Puntual como si fuera un ritual, ella sale a sacar la basura. Sus rutinas se han convertido en el andamio que sostiene su vida. No sabe muy bien cómo se fueron armando, pero ahí están, ayudándola a levantarse cada día y seguir paso a paso lo pautado. Estoy cascoteada, quebrada, piensa y repite a quien la quiera escuchar. Sus amigas insisten que las traiciones son cosas que se olvidan, que solo es cuestión de tiempo, pero ella siente la herida abierta como si fuera de hace un rato: la herida la mira burlona como diciéndole que está ahí para quedarse. ¡Pensar que se sentía una afortunada por haber podido enamorarse de nuevo como si fuera una adolescente! Los mismos temblores, las mismas ansias, la misma emoción cada vez que lo encontraba. Demasiado bueno para durar. Después ocurrió lo que ocurrió y allí está ella dejando que la vida le pase nomás porque ya no piensa tomar ni una decisión más...permanecer y transcurrir parece ser su consigna.

Otro día más, siete de la tarde. Salida al contenedor.
Parece que pasaron siglos desde que disfrutaba descubrir la bandada de gorriones en su jardín, sentir el sol en la piel, escuchar la música que nunca dejaba de sonar en la casa, leer todo lo que le llenara el alma de universos, de personas, planificar su trabajo con dedicación y con algo parecido a la pasión. Todo ese mundo hoy le era extraño. Como si hubiera dejado de sentir.

Siete menos cuarto; todavía falta un rato. Mejor pongo la pava, hay tiempo.

Siete en punto. Levanta la bolsa y la deposita, como si fuera frágil, en la inmensa caja de plástico azul. Va a pegar la vuelta cuando un sobre grande de negocio caro apoyado contra un árbol le llama la atención. Se acerca y mira por arriba: discos de vinilo con sus sobres impecables. Abre el sobre con cuidado y reconoce en esos discos sus gustos de años atrás, cuando era más joven. ¿Quién tiraría esas reliquias que hasta valen unos cuántos mangos en cualquier feria de viejo? Si alguien los tiró es porque ya no los quiere ver ni en la sopa, y decide sin pensarlo demasiado, llevárselos.
Una vez en la casa, curiosea los discos que no están ni rotos ni rayados, como si hasta hace un rato los hubieran estado escuchando en un wincofón. Los acaricia... ¡Cuántos recuerdos disparan! Si pudiera volver a ese momento de mi vida cuando los escuchaba y cambiar algunas cosas, tal vez...

Día intenso de trabajo casi autómata. Siete de la tarde. Hora de limpieza. Sale, bolsa en mano. La deja y sus ojos no pueden evitar mirar el árbol, como si la llamara. A los pies del escuálido fresno, una pila de libros (unos diez) completos, con sus tapas, ordenados como si esperaran un cambio de estante que nunca ocurriría.¡Esto es demasiado, libros también!. Nunca tiraría un libro, a lo sumo, lo regalaría, pero tirarlo... Esta vez la tentación es mayor, se acerca un poco más y a medida que va mirando las tapas, su sorpresa crece todavía más: Gelman, Introducción a la Filosofía, ¡Cortázar!, Belli, Bradbury, Forn...: esto es como abandonar a tus amigos. Insaciable lectora, corrobora que los tiene todos, iguales, en su biblioteca. Esta vez, no hay nada que pensar... me los llevo, ya habrá a quién dárselos. Sabe que lo que la carcome es la ansiedad por descubrir una firma, una marcas, como esas que ella deja en sus propios libros cuando viaja por cada uno. En la mesa del comedor los desparrama, los abre uno a uno: marcas no encuentra, solo iniciales y una fecha: O.G. 1985. O.G. 1988, O.G. 2010...

Las siete de la tarde ya no eran simplemente las siete. Se travistieron de un horario rutinario, vacío y automático a otro incierto, inesperado, sorprendente. Los días se sucedieron y en cada uno, junto al árbol que ahora fungía de tótem, fueron abandonados más libros, cuadernos con poemas, postales de viaje sin textos, cajas vacías cuidadosamente forradas, fotos originales en blanco y negro de animales y paisajes. Los libros seguían mostrando las misteriosas O.G.. Leía los poemas con curiosidad: eran simples, bellos, sentidos, paridos desde un profundo sentimiento hacia cada cosa que describían: los paisajes, los pájaros, la vida, una mujer... Descubrió, de pronto, que hasta se olvidaba de sacar la bolsa: solo quería llegar al árbol para ver qué había ese día, Empezó a sentir que eran regalos que dejaban para ella, que había un mensaje cifrado en cada una de esas cosas que el desconocido O.G.(¿ o era una desconocida?) Abandonaba a sabiendas de que no eran “basura” pero sí algo de lo que necesitaba desprenderse. Su cabeza se llenó de preguntas, empezó a imaginar historias a partir de los objetos: imaginar de nuevo, ¡qué rara sensación!

¿Quién era O.G.?¿A qué hora depositaba esos tesoros?¿Por qué nunca lo había cruzado en el recorrido? No recordaba tener un vecino cuyo nombre comenzara con O. ¿Se habría mudado hacía poco?¿Qué lo llevaba a esos abandonos cotidianos? La cascada de preguntas le llenaba las horas. Ya no podía empezar su día como en piloto automático y terminarlo de la misma manera. Cada uno de los interrogantes la hacían navegar hacia otros como si fuera una página web: de un click a otro, su día se iba poblando de hipótesis, de relatos posibles o imposibles. Trataba de ponerle una cara a O.G., con quien sentía tener vivencias en común: lecturas y músicas compartidas, paisajes visitados, cuestiones cotidianas que desataban una incontrolable necesidad de escribir sobre ellas... Pero la cara no aparecía, no podía conjurarla en una imagen que acompañara ese borrador de personalidad que iba reconstruyendo pacientemente. Podía calcular la edad por los discos: son los de mi época. Pero no mucho más.

Armó estrategias que alteraron sus hábitos tan celosamente respetados: cambió el horario de sacar la basura, pidió un día de licencia en el trabajo para poder espiar el árbol; nada, mejor dicho, nadie. Parecía que O.G. se había dado cuenta de su plan de detective y por unos días no encontró nada. Decidió entonces que tenía que cambiar su táctica. Con el pulso tembloroso y su letra incorregible, típica de quien piensa más rápido de lo que escribe, garabateó uno de los poemas de Gioconda Belli hallado en uno de los libros abandonados: “Ahuyentemos el tiempo, que no pase...”. La palabra “amor” se la saco, es demasiado. Lo pegó en el árbol con un pedazo de cinta aisladora, poco prolija, aunque la única que encontró a mano. Volvió a casa y pispeó tras el vidrio un buen rato: nadie. Esto es como tirar una botella al mar...

Al otro día el árbol estaba limpio: ni nota, ni objeto nuevo. Insistió y esta vez eligió la letra de una de las canciones de los discos,una en inglés, de esas pegajosas, de las lentas que generaban el deseo de poder bailarla con un alguien, que nunca era cualquiera: “Why do birds, suddenly appear, every time, you were near...”. Nada. Una vez más nota que desaparece con nada a cambio. Tal vez se volaron y yo como una estúpida esperando una respuesta. Tal vez ya no tiene nada más de lo que se quiera desprender. Tal vez ahora se siente mejor(¿antes se sentía mal?) y no le da por tirar tanto recuerdo junto(¿Son recuerdos, significan algo para el?¿Por qué estoy tan segura de que es un “él”? De pronto, todos los días y sus ansiedades se volvieron una duda que ya la venía fastasmeando ¿Quién te dijo a vos que es un hombre? Ofelia, Olivia, Olga, Oriana, Otilia...¿Y cuál sería el problema si fuera una mujer? ¿O es que acaso te están pasando cosas con O.G.? Se prepara un café y, como si fuera un juego de cartas, despliega sus expectativas sobre la mesa. Si, boluda, te enamoraste de un desconocido que ni siquiera sabés si es hombre. No tiene cara, no tiene cuerpo ¿Y si te enamoraste de una mina? No, no es que tenga algo de malo, pero no se me había ocurrido antes...nunca lo pensé. De lo único que estaba segura era de que quería, inexorablemente, conocer a quien quiera que fuera O.G. Aunque sea, me quiero sacar la duda. Para la última nota eligió uno de los poemas del ser desconocido: ”Todas las cosas/tienen un nombre:/ insomnio /ansiedad/ emoción / escabio/ espera/ temblor/deseo/sonrisa por nada/lento hervor de la sangre/piel contra piel./Resulta que descubro,/ ahora constato/ que también tienen apellido”.

Se dio cuenta de cuánto había cambiado su vida tonta y gris en las últimas( ¿tres?) semanas nada más. El cuerpo y el alma se le habían llenado de trinos, de brisas, de incertidumbres, de expectativas, de vértigos cada vez que dejaba las notas y esperaba alguna respuesta. Pero no había nada. Esto no podía seguir de esta manera porque en algún momento iba a empezar a hacerle daño...Perdida en una isla lejana sin respuesta a sus mensajes. Se dijo que ya no estaba para sostener fantasías a largo plazo, que mejor sería poner un límite en tiempo a esta insensatez, volver al plácido orden de un tiempo atrás que no le generaba nada, pero tampoco le impedía dormir. Porque también eso era nuevo: permanecer despierta esperando que alguna pista sonora le indicara que alguien se llevaba la nota o que había un nuevo don al pie del árbol. Una semana más y liquidamos esto, regalaré los libros, guardaré los discos y los cuadernos con poemas solo porque me gustaron, las postales y las fotos.. bueno, ya veré.

Retomó la rutina de las siete ante la desazón de no encontrar nada diferente. Los días volvieron a parecerse a los de antes(¿antes de qué?), solamente que ahora los sufría, sentía que le faltaba algo y no podía precisar bien qué era. La pérdida era más grave porque no tenía entidad, era como si algo vivo se hubiera instalado en su casa llenándola de luz y color y, de golpe, hubiera desaparecido sin más dejando todo en penumbras. Entonces, empezó a extrañar … le puso palabras ajenas: no hay nostalgia peor, que añorar lo que nunca jamás sucedió. Y su costumbre previa de caer en rutinas la ayudó una vez más a levantarse y seguir haciendo lo de siempre. En el contenedor de basura, vio por primera vez lo que nunca había mirado antes: Reducir, Recuperar, Reciclar. Se le antojó que sonaba a síntesis de sus últimos días y jugó con la frase: ¿reducir la tristeza, recuperar la alegría, reciclar la esperanza? Estoy cada vez más loca, no hay duda. Hasta acá llegamos, fin del cuento de hadas. Volvemos a trabajar como siempre, a levantarnos como todos los días, a reducir el electro a unas líneas regulares y bajitas que no muestren alteraciones ni palpitaciones, tampoco la línea plana, pero no mucho más.

En eso del colorín colorado andaba cuando sonó el timbre. Eran las siete. En punto. Sintió un murmullo en el fondo de su cabeza pero se empeño en acallarlo. Ya había tomado una decisión. No obstante, el murmullo devino palabras. ¿Y si...? Por costumbre, solo por costumbre, agarró la bolsa y se dirigió a la puerta y abrió sin preguntar quién era:
- Ups, ah, ¿te ibas? Hola, soy Osmar García. Un gusto.

Seudónimo: Deslumbre