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Tres
Erres
Siete
de la tarde. Puntual como si fuera un ritual, ella sale a sacar la
basura. Sus rutinas se han convertido en el andamio que sostiene su
vida. No sabe muy bien cómo se fueron armando, pero ahí están,
ayudándola a levantarse cada día y seguir paso a paso lo pautado.
Estoy
cascoteada, quebrada,
piensa y repite a quien la quiera escuchar. Sus amigas insisten que
las traiciones son cosas que se olvidan, que solo es cuestión de
tiempo, pero ella siente la herida abierta como si fuera de hace un
rato: la herida la mira burlona como diciéndole que está ahí para
quedarse. ¡Pensar que se sentía una afortunada por haber podido
enamorarse de nuevo como si fuera una adolescente! Los mismos
temblores, las mismas ansias, la misma emoción cada vez que lo
encontraba. Demasiado bueno para durar. Después ocurrió lo que
ocurrió y allí está ella dejando que la vida le pase nomás porque
ya no piensa tomar ni una decisión más...permanecer y transcurrir
parece ser su consigna.
Otro
día más, siete de la tarde. Salida al contenedor.
Parece
que pasaron siglos desde que disfrutaba descubrir la bandada de
gorriones en su jardín, sentir el sol en la piel, escuchar la música
que nunca dejaba de sonar en la casa, leer todo lo que le llenara el
alma de universos, de personas, planificar su trabajo con dedicación
y con algo parecido a la pasión. Todo ese mundo hoy le era extraño.
Como si hubiera dejado de sentir.
Siete
menos cuarto; todavía falta un rato. Mejor
pongo la pava, hay tiempo.
Siete
en punto. Levanta la bolsa y la deposita, como si fuera frágil, en
la inmensa caja de plástico azul. Va a pegar la vuelta cuando un
sobre grande de negocio caro apoyado contra un árbol le llama la
atención. Se acerca y mira por arriba: discos de vinilo con sus
sobres impecables. Abre el sobre con cuidado y reconoce en esos
discos sus gustos de años atrás, cuando era más joven. ¿Quién
tiraría esas reliquias que hasta valen unos cuántos mangos en
cualquier feria de viejo? Si alguien los tiró es porque ya no los
quiere ver ni en la sopa,
y decide sin pensarlo demasiado, llevárselos.
Una
vez en la casa, curiosea los discos que no están ni rotos ni
rayados, como si hasta hace un rato los hubieran estado escuchando en
un wincofón. Los acaricia... ¡Cuántos recuerdos disparan! Si
pudiera volver a ese momento de mi vida cuando los escuchaba y
cambiar algunas cosas, tal vez...
Día
intenso de trabajo casi autómata. Siete de la tarde. Hora de
limpieza. Sale, bolsa en mano. La deja y sus ojos no pueden evitar
mirar el árbol, como si la llamara. A los pies del escuálido
fresno, una pila de libros (unos diez) completos, con sus tapas,
ordenados como si esperaran un cambio de estante que nunca
ocurriría.¡Esto
es demasiado, libros también!.
Nunca
tiraría un libro, a lo sumo, lo regalaría, pero tirarlo... Esta
vez la tentación es mayor, se acerca un poco más y a medida que va
mirando las tapas, su sorpresa crece todavía más: Gelman,
Introducción a la Filosofía, ¡Cortázar!, Belli, Bradbury,
Forn...: esto
es como abandonar a tus amigos.
Insaciable lectora, corrobora que los tiene todos, iguales, en su
biblioteca. Esta vez, no hay nada que pensar... me
los llevo,
ya habrá a quién dárselos.
Sabe que lo que la carcome es la ansiedad por descubrir una firma,
una marcas, como esas que ella deja en sus propios libros cuando
viaja por cada uno. En la mesa del comedor los desparrama, los abre
uno a uno: marcas no encuentra, solo iniciales y una fecha: O.G.
1985. O.G. 1988, O.G. 2010...
Las
siete de la tarde ya no eran simplemente las siete. Se travistieron
de un horario rutinario, vacío y automático a otro incierto,
inesperado, sorprendente. Los días se sucedieron y en cada uno,
junto al árbol que ahora fungía de tótem, fueron abandonados más
libros, cuadernos con poemas, postales de viaje sin textos, cajas
vacías cuidadosamente forradas, fotos originales en blanco y negro
de animales y paisajes. Los libros seguían mostrando las
misteriosas O.G.. Leía los poemas con curiosidad: eran simples,
bellos, sentidos, paridos desde un profundo sentimiento hacia cada
cosa que describían: los paisajes, los pájaros, la vida, una
mujer... Descubrió, de pronto, que hasta se olvidaba de sacar la
bolsa: solo quería llegar al árbol para ver qué había ese día,
Empezó a sentir que eran regalos que dejaban para ella, que había
un mensaje cifrado en cada una de esas cosas que el desconocido
O.G.(¿
o era una desconocida?)
Abandonaba a sabiendas de que no eran “basura” pero sí algo de
lo que necesitaba desprenderse. Su cabeza se llenó de preguntas,
empezó a imaginar historias a partir de los objetos: imaginar de
nuevo, ¡qué rara sensación!
¿Quién
era O.G.?¿A qué hora depositaba esos tesoros?¿Por qué nunca lo
había cruzado en el recorrido? No recordaba tener un vecino cuyo
nombre comenzara con O. ¿Se habría mudado hacía poco?¿Qué lo
llevaba a esos abandonos cotidianos? La cascada de preguntas le
llenaba las horas. Ya no podía empezar su día como en piloto
automático y terminarlo de la misma manera. Cada uno de los
interrogantes la hacían navegar hacia otros como si fuera una página
web: de un click a otro, su día se iba poblando de hipótesis, de
relatos posibles o imposibles. Trataba de ponerle una cara a O.G.,
con quien sentía tener vivencias en común: lecturas y músicas
compartidas, paisajes visitados, cuestiones cotidianas que desataban
una incontrolable necesidad de escribir sobre ellas... Pero la cara
no aparecía, no podía conjurarla en una imagen que acompañara ese
borrador de personalidad que iba reconstruyendo pacientemente. Podía
calcular la edad por los discos: son
los de mi época.
Pero no mucho más.
Armó
estrategias que alteraron sus hábitos tan celosamente respetados:
cambió el horario de sacar la basura, pidió un día de licencia en
el trabajo para poder espiar el árbol; nada, mejor dicho, nadie.
Parecía que O.G. se había dado cuenta de su plan de detective y por
unos días no encontró nada. Decidió entonces que tenía que
cambiar su táctica. Con el pulso tembloroso y su letra incorregible,
típica de quien piensa más rápido de lo que escribe, garabateó
uno de los poemas de Gioconda Belli hallado en uno de los libros
abandonados: “Ahuyentemos el tiempo, que no pase...”. La
palabra “amor” se la saco, es demasiado.
Lo pegó en el árbol con un pedazo de cinta aisladora, poco
prolija, aunque la única que encontró a mano. Volvió a casa y
pispeó tras el vidrio un buen rato: nadie. Esto
es como tirar una botella al mar...
Al
otro día el árbol estaba limpio: ni nota, ni objeto nuevo. Insistió
y esta vez eligió la letra de una de las canciones de los
discos,una en inglés, de esas pegajosas, de las lentas que
generaban el deseo de poder bailarla con un alguien, que nunca era
cualquiera: “Why do birds, suddenly appear, every time, you were
near...”. Nada. Una vez más nota que desaparece con nada a cambio.
Tal
vez se volaron y yo como una estúpida esperando una respuesta. Tal
vez ya no tiene nada más de lo que se quiera desprender.
Tal
vez ahora se siente mejor(¿antes se sentía mal?) y no le da por
tirar tanto recuerdo junto(¿Son recuerdos, significan algo para
el?¿Por qué estoy tan segura de que es un “él”? De
pronto, todos los días y sus ansiedades se volvieron una duda que ya
la venía fastasmeando
¿Quién te dijo a vos que es un hombre? Ofelia, Olivia, Olga,
Oriana, Otilia...¿Y cuál sería el problema si fuera una mujer? ¿O
es que acaso te están pasando cosas con O.G.?
Se prepara un café y, como si fuera un juego de cartas, despliega
sus expectativas sobre la mesa. Si,
boluda, te enamoraste de un desconocido que ni siquiera sabés si es
hombre. No tiene cara, no tiene cuerpo
¿Y si te enamoraste de una mina? No, no es que tenga algo de malo,
pero no se me había ocurrido antes...nunca lo pensé.
De lo único que estaba segura era de que quería, inexorablemente,
conocer a quien quiera que fuera O.G. Aunque
sea, me quiero sacar la duda. Para
la última nota eligió uno de los poemas del ser desconocido: ”Todas
las cosas/tienen un nombre:/ insomnio /ansiedad/ emoción / escabio/
espera/ temblor/deseo/sonrisa por nada/lento hervor de la sangre/piel
contra piel./Resulta que descubro,/ ahora constato/ que también
tienen apellido”.
Se
dio cuenta de cuánto había cambiado su vida tonta y gris en las
últimas( ¿tres?) semanas nada más. El cuerpo y el alma se le
habían llenado de trinos, de brisas, de incertidumbres, de
expectativas, de vértigos cada vez que dejaba las notas y esperaba
alguna respuesta. Pero no había nada. Esto no podía seguir de esta
manera porque en algún momento iba a empezar a hacerle
daño...Perdida en una isla lejana sin respuesta a sus mensajes. Se
dijo que ya no estaba para sostener fantasías a largo plazo, que
mejor sería poner un límite en tiempo a esta insensatez, volver al
plácido orden de un tiempo atrás que no le generaba nada, pero
tampoco le impedía dormir. Porque también eso era nuevo: permanecer
despierta esperando que alguna pista sonora le indicara que alguien
se llevaba la nota o que había un nuevo don al pie del árbol. Una
semana más y liquidamos esto, regalaré los libros, guardaré los
discos y los cuadernos con poemas solo porque me gustaron, las
postales y las fotos.. bueno, ya veré.
Retomó
la rutina de las siete ante la desazón de no encontrar nada
diferente. Los días volvieron a parecerse a los de antes(¿antes
de qué?),
solamente que ahora los sufría, sentía que le faltaba algo y no
podía precisar bien qué era. La pérdida era más grave porque no
tenía entidad, era como si algo vivo se hubiera instalado en su
casa llenándola de luz y color y, de golpe, hubiera desaparecido
sin más dejando todo en penumbras. Entonces, empezó a extrañar …
le puso palabras ajenas: no hay nostalgia peor, que añorar lo que
nunca jamás sucedió. Y su costumbre previa de caer en rutinas la
ayudó una vez más a levantarse y seguir haciendo lo de siempre. En
el contenedor de basura, vio por primera vez lo que nunca había
mirado antes: Reducir, Recuperar, Reciclar. Se le antojó que sonaba
a síntesis de sus últimos días y jugó con la frase: ¿reducir la
tristeza, recuperar la alegría, reciclar la esperanza? Estoy
cada vez más loca, no hay duda. Hasta acá llegamos, fin del cuento
de hadas. Volvemos a trabajar como siempre, a levantarnos como todos
los días, a reducir el electro a unas líneas regulares y bajitas
que no muestren alteraciones ni palpitaciones, tampoco la línea
plana, pero no mucho más.
En
eso del colorín colorado andaba cuando sonó el timbre. Eran las
siete. En punto. Sintió un murmullo en el fondo de su cabeza pero
se empeño en acallarlo. Ya había tomado una decisión. No obstante,
el murmullo devino palabras.
¿Y si...? Por
costumbre, solo por costumbre, agarró la bolsa y se dirigió a la
puerta y abrió sin preguntar quién era:
-
Ups, ah, ¿te ibas? Hola, soy Osmar García. Un gusto.
Seudónimo:
Deslumbre