lunes, 28 de enero de 2013

Cosecha 2013

28.01.2013

Creo que entre tanta charla
se me olvidó decirte
que te quiero-
Pero ¡ojo! no es ésta
una querencia simple,
no, señor...
Viene con pájaros,
con olas cósmicas,
con mates,
con miradas a veces indescifrables, flotantes,
con muchos abrazos,
con algunas complicidades,
y a veces,
con escabios compartidos
con temblores invisibles, impredecibles
(Richter 8.1 o más)-
O sea, resumiendo:
imperdonable olvido
el de no decirte
que te quiero.


Cosecha 2013

27.01.2013

No quiero que mueras por mí,
tampoco que mueras sin mí.

lunes, 14 de enero de 2013

para aclarar nomás...

no encuentro el tiempo para darle una organización lógica a lo que pongo en este blog... por eso, los retazos van con fecha, pero no en orden cronológico, menos temático...rizomas varios que fueron surgiendo en algún momento, registrados en papel que hoy plasmo en su versión digital....

Cosecha 2011

DESTINATARIOS NO DEVELADOS

La escritura de otr@s como impulso contagioso para empezar a escribir de nuevo. Gracias Gaby De Cicco y tu Queerland maravilloso que me mordió la panza para volver a ese lugar, del que nunca me fui del todo...

10.9.2011

  I.                                                             
                                                                  De la almohada...


1-2-3-4-5-6-7
Vibrar
silencioso
¿vibrar?
Cosas que me hacen vibrar:
gorriones que se acercan
       a comer en mi patio,
su marca en mi espalda   
       cuando bailamos tango,
"Vuelvo al Sur",
desayuno en la cama
      cuando el frío aprieta
desayuno en el patio
      en domingo de sol,
colibrí que revolotea sobre la azalea
su voz, sus manos...
      cuando están.


II

Richter
¿más de cuánto el desastre
la devastación, el llanto?
¿Brecht? :
otra escala
están l@s buen@s,
l@s mejores,
l@s imprescindibles,
                yo ¿dónde?







sábado, 12 de enero de 2013

Cosecha 2013

12.01.13

Cada cosa
tiene un nombre:
insomnio
ansiedad
emoción
escabio
espera
temblor
deseo
sonrisa por nada
lento hervor de la sangre
tango
piel, piel, piel...
Resulta que constato,
ahora,
que también tiene apellido.

jueves, 10 de enero de 2013

Segundo cuento de adulta


Este cuento ganó el segundo premio del concurso "Olegario Víctor Andrade" organizado por el IES "Olga Cossettini" en junio de 2010.

Medio siglo


Hay días sospechosamente light
hay un deseo que pido siempre que pasa un tren...
(Andrés Calamaro)



En días como éstos pasan cosas que no suceden otros días... son días excepcionales que muchas veces hasta quedan marcados en el calendario de la agenda, o que merecen una entrada especial en el diario personal... nunca son un día más, como pintaba el de Clarissa Dalloway, donde la rutina sugería que el proyecto era simplemente preparar esa fiesta y donde, poco a poco, invade un mundo entero atropellando...en sólo veinticuatro horas.

Ella se levantó como siempre en vacaciones, sin horario fijo, decidió desayunar en la cama, aunque frugalmente: le gustaba esa sensación de tener tiempo libre y disponible para disfrutar esos pequeños caprichos cotidianos: un café con leche, unas tostadas, en la mesa del patio, al sol. Hacía calor como no puede ser de otra forma en enero por estas latitudes y repasó vagamente lo que tenía planeado para esa jornada especial. Miró los papelitos que se apilaban en la mesa para organizar las actividades necesarias: básicamente compras y llamados de último momento para confirmar, algunos mensajes de texto entre quienes ya estaban al tanto, nada demasiado complejo ni demandante para un día tórrido que se inauguraba con más de 27 grados que seguramente irían ascendiendo sin prisa ni pausa. Por precaución, prendió la notebook y controló el pronóstico en la página del servicio metereológico: tiempo bueno, cielo despejado, vientos leves del sector norte, mínima 26, máxima 34. Todo bien, pensó, esperando que no fuera uno de esos pronósticos errados.
Lamentó la soledad: sus hijos no estaban en casa. Solamente la perra que iba y venía fantaseando con que la sacaran a pasear alteraba la quietud de la casa, que era tranquila, aunque nunca silenciosa: el canto de gorriones, torcazas y otros bichos la invadía desde muy temprano por las mañanas; a veces, el zumbido de los colibríes se sumaba a ese coro, casi como si estuviera en el medio del campo, si no fuera por el telón de fondo del tránsito urbano alternando el ruido fuerte de los motores de colectivos y autos.
Se vistió con ropa fresca y cómoda: la jornada pintaba calurosa y había mucho que hacer. Agarró las llaves y salió casi al trote...le parecía que no le iban a dar los tiempos, pero después aminoró la marcha: hoy no era un día para apurarse, lo teñirían los recuerdos, los balances, esa veta filosófica que de vez en cuando la tomaba por asalto y que tanto le gustaba. Una vez en la calle sintió esa placentera sensación de que todo iba ocurriendo según lo esperado...


¿Qué pecado se puede cometer cuando una tiene cinco años, asiste a una escuela católica y es buena chica? Técnicamente, ninguno: todo está muy reglado, muy controlado por maestras amables, y por un superego muy cultivado que marca qué está bien y qué está mal. Ella era muy feliz en el jardín de infantes: dibujaba, jugaba, tenía un montón de amigas y, sobre todo, a la Señorita Olga que era la mejor del mundo...¿Qué más podía pedir? Hasta que hubo una vez, como en los cuentos, que la señorita dejó unos caramelos en el escritorio. Ella entró a buscar su muñeca al salón mientras todas estaban en el recreo y no pudo resistir la tentación de comerse ESOS caramelos. Cuando volvieron del receso, la señorita se sorprendió de que no estuviera en su mesa todo lo que ella había dejado y, por supuesto, interpeló a todo el grupo acerca de la falta. Sintió algo feo adentro suyo,visceral, pero más todavía en eso que ella sentía era su “alma”, un dolor extraño, diferente del que experimentaba cuando se enfermaba: no era la panza, ni la cabeza, era algo más profundo...Pero no se animó a hablar, justamente porque, por ser siempre una chica buena, no sabía qué les deparaba a las chicas malas... y tuvo miedo, mucho miedo. Nunca nadie supo de éste, su primer pecado, que después de muchos años todavía le producía esa sensación tan desagradable que dejan las cosas no resueltas: así fue que por primera vez(y no sería la última por cierto) conoció de primera mano cómo era la culpa.

Entró en un negocio, hizo su pedido, comentó trivialidades al pasar, saludó como siempre muy amablemente. En la calle, el sol le dio impertinente en la piel: hoy iba a tirarse un rato en la reposera para mantener ese dorado tan cuidado que mantenía hasta bien avanzado el año: hoy más que nunca. Se sintió afortunada de que la gente de los negocios de su barrio fuera siempre tan cordial y estuviera de buen humor. Próxima parada, la panadería...

Habrá tenido seis años. Época lúdica, de disfrutar, de aprender y de plantearse poco para el futuro. Puro carpe diem. Acumulaba, sin embargo, algunas frustraciones no menores. Hacía unos días la profesora de danzas había “sugerido” a sus padres que ella debería dejar las clases de “clásico” porque estaba un poco excedida de peso y eso no era muy prometedor para una bailarina. Y así fue que perdió uno de sus espacios predilectos y tuvo que dejar de bailar. Un poco enojada, y sin comprender todavía por qué ya no haría puntas y demi-pliés, puso más atención en otra de sus pasiones temporarias: la equitación. Ahí sí la querían y ella amaba saltar, y trotar encima de esos seres maravillosos que parecían sacados de los cuentos que leía con avidez. Aún cuando no tenía clase, se escapaba lo mismo a las caballerizas del club aristocrático donde aprendía a cabalgar para hablar con los bichos que la miraban raro pero que aceptaban sus caricias y terrones de azúcar con satisfacción. Ese pasó a ser su paraíso de bailarina frustrada: si no podía bailar, podía volar con la ayuda de los equinos. Pero de vez en cuando la vida, como cuenta el Nano, nos gasta una broma, y de las pesadas. Aburrida de estar en la pileta con sus amigas, decidió ir a saludar a sus otros amigos incondicionales. Con la malla chorreando todavía, caminaba entre los caballos eligiendo cuál sería ese día digno de su afecto y azúcar cuando se acercó el encargado, a quien ella conocía de vista, que la saludó con simpatía y le preguntó qué andaba haciendo por ahí. Como lo que ella iba a hacer no era nada malo, le contó mirándolo detrás de sus enormes anteojos. El festejó su actitud, mientras se acercaba(demasiado cerca, pensó) y empezaba a tocarla de un modo inusual: “como vos le hacés a los caballos”, le decía. Ella sintió que había algo que no andaba bien y quiso irse, pero el le dijo que la acompañaría en su visita, mientras la tomaba del hombro y volvía a deslizar su mano por ahí. Una vez más ella se sintió y mal y salió corriendo de la caballeriza. Cuando estuvo lejos, sintió ganas de llorar mucho. Así la encontraron más tarde, llorando mientras decía que ya no quería aprender más equitación porque eso seguramente le iba a hacer mal. Así conoció, también de primera mano y para siempre, qué significaba el abuso.

Paola, la panadera, que algo sabía de ese día, la saludó afectuosamente, le preguntó si necesitaba algo especial y le deseó que la pasara bien, que después le contara cómo había ido todo. Sonrió, se despidió y volvió a la vereda soleada donde la temperatura seguía subiendo cada vez más. Le preocuparon un par de nubes en el cielo, pero imaginó que serían pasajeras. Faltaban unos metros para llegar a la granja.

Seguí durmiendo que no hay clase: hubo un golpe militar”, le susurró su mamá al oído mientras le acomodaba las frazadas. Mareada por el sueño que no se iba, se preguntó por el mensaje recibido: ¿golpe militar?¿Qué será eso?. Pero decidió que dormir un rato más no estaba mal, se acomodó bajo las mantas calientes y todo viró a negro de nuevo.
Cuando despertó, casi al mediodía, en la casa reinaba un clima muy inusual, mezcla de fiesta y alivio. No comprendió la razón de la algarabía, pero cuando recordó la frase de la mamá(“hubo un golpe militar”)de inmediato supuso que ambas cosas tenían algo que ver.
De ahí en más, la vida cotidiana no fue igual, aunque le costaba precisar en qué sentido había cambiado. A los trece años no era como otras adolescentes, ya que los transcurría sin los conflictos típicos de la edad, en parte por el entorno familiar, en parte por la impronta de su escuela, en parte por los rasgos de su personalidad. El paisaje había cambiado: cerca de la escuela, un número impreciso de soldados custodiaban un edificio al que nunca le había prestado atención; cada tanto se escuchaban explosiones inexplicables; algunas personas conocidas llamaban para avisar que se iban del país, el diario se llenaba diariamente de noticias de gente muerta, de ataques “subversivos”, palabra que no terminó de entender ni siquiera buscándola en el diccionario... En la escuela, algunas materias cambiaron de nombre y algunas profesoras dejaron de hablar de ciertas cosas de un día para el otro como si las hubieran hechizado. En el club náutico, al que iban en familia los fines de semana, se incendiaron algunos de los barcos más lujosos y los alrededores aparecieron tapizados de pequeños papelitos con mensajes que no llegaba a comprender acerca de una patria ¿socialista? que ella no sabía cuál era:¿la patria no era su país?¿El golpe militar le había cambiado el nombre y ella no se había enterado? Poco a poco se fue acostumbrando a los cambios y se hicieron parte de lo habitual y ya nada le llamaba demasiado la atención. El color verde oliva, la violencia, la “subversión”, el miedo se convirtieron en signos que modelaron su lenguaje y su vida e ingresaron en su diario personal como anécdotas a registrar. Y allí estuvieron por esos años complejos dejando huellas que volverían a resignificarse en modos inesperados tiempo después.

Terminadas las compras, almorzó un sandwich básico: no tenía hambre pero estaba ansiosa y si picaba algo seguramente se sentiría mejor. Hizo un par de llamados, mandó otro par de mensajes, asegurándose de que hubieran llegado. Era temprano para tomar ese sol implacable del mediodía por lo que decidió leer un rato, escuchar música y descansar pensando como horizonte para empezar a organizar lo que faltaba las seis de la tarde. Ya para entonces podría haberse asoleado bastante y duchado para ultimar detalles.
Alrededor de las cuatro, ya estaba recostada en la terraza, con los auriculares ajustados para que la música acompañara el momento, relajada y satisfecha de que todo estuviera en orden, si es que eso existe.

¿Cómo saber cuál es el primer amor?¿ Primero en qué? ¿Es ese pibe que te besó por primera vez y te tomó por sorpresa porque avanzó demasiado?¿Es aquél con el que soñaste los primeros proyectos a futuro?¿El que alteró por primera vez tus endorfinas y no sabías qué hacer con lo que te atravesaba el cuerpo? Difícil saberlo cuando una es proclive al enamoramiento y a la fantasía y no busca “tranquilidades si el cuerpo le pide trinos”. ¿Hace falta establecer un ranking y ordenarlos por las marcas que fueron dejando, las buenas y las malas?¿Y cuál es finalmente “el hombre de tu vida” si existe? ¿Cómo se hace cuando no hubo muchos hombres en tu vida pero, aunque de paso algunos, CASI todos fueron maravillosos y, si no te hicieron “ser” feliz, al menos “estuviste” feliz mientras compartieron la ruta?¿Y qué es lo que buscabas en esos hombres, siempre lo mismo o fue cambiando la demanda con los años?¿Ternura, afecto, compañía, complicidad, pasión, sexo, todo junto?¿Hubo alguno que realmente tuviera todo junto o de quien esperabas que te diera todo lo que querías en ese momento?¿No son demasiadas preguntas abiertas para tanto tiempo transcurrido?¿No será que seguimos buscando, entonces?

Una ducha rápida y fresca la puso en carrera nuevamente. Se miró al espejo(cosa que raramente hacía), se acomodó el pelo, sonrió y se dijo que podría ser peor lo que le devolvía la imagen. Se cambió y se fue para la cocina a preparar algunas cosas que llevaban su tiempo. Se congratuló de haber elegido lo frío: con este calor, prender el horno hubiera sido infernal, valga la metáfora. Se preparó unos mates y puso manos a la obra.

Caminaba por la peatonal de Villa Gesell. Había discutido con su compañero y le disgustaba desperdiciar las vacaciones en esas charlas de siempre donde las cosas no se resolvían y parecía que todo se iba a pique. Sin embargo, estaba de vacaciones, que como el veneno vienen en frasco chico (siempre) y no estaba dispuesta a arruinarse esos pocos días de descanso...De pronto, vio una de esas estatuas vivientes que tanto le gustaban y encima, disfrazado de malevo tanguero. Con movimientos leves, como si estuviera tomado en cámara lenta, cambiaba de posición cada tanto mirando fijamente al público sin que su cara cambiara de expresión. A sus pies, un recipiente pequeño plateado, del mismo color que el personaje, invitaba a quienes observaban el espectáculo a colaborar económicamente con la subsistencia del artista callejero. Siempre dejaba algo en esa “simil-gorra” porque era consciente de que tras la simpleza del actuar, sobre todo si era bueno el desempeño, había mucho cuerpo puesto, mucho trabajo de horas, desvelos y proyectos. Se acercó y puso lo suyo. De inmediato, el ser plateado giró hacia ella, puso su mano en un bolsillo y extrajo algo que retuvo en la mano cerrada. Extendió el brazo con una suavidad inusitada. Emocionada extendió su propia mano para agarrar lo que la “estatua” le ofrecía. Como único mensaje, recibió un guiño imperceptible y una sonrisa. Aferró el tesoro que le ofrecieran y siguió caminando. Unos pocos pasos después, abrió la mano y encontró una pequeña cuenta plateada. Sonrió para sí: la noche estaba salvada por ese acto anónimo (¿Cómo se llama?¿Quién es?¿Dónde vive?), aparentemente irrelevante. Pero ya se sabe, nunca puede preverse dónde se cosechará lo que una siembra.


Para las siete, ya casi estaba todo listo. Una vez más lamentó que los chicos no estuvieran con ella no sólo para darle una mano, sino para compartir todo lo que se venía. La enojaba terriblemente esa serie de desacuerdos y hostilidades que hacían imposible el diálogo con el papá de los chicos, que era responsable de que no estuvieran allí. El nunca había comprendido qué era lo valioso, lo importante para ella y, simplemente, era también por eso que el tampoco estaba allí. Suspiró mientras acomodaba todo en las bandejas y pensó que esa sí había sido una decisión dura, pero tal vez una de las más sensatas que había tomado en su vida, aunque no la única sensata, por supuesto. Faltaba el ritual de siempre, el de escribir unas líneas en su diario. Sin saber por qué, se encontró escribiendo:”Aprendí, de mirar la vida a la cara y sin temerle, que no hay que tener ombligo, menos ombligos… ni el propio, que te corta tanto del mundo, ni instalar ombligos de otra gente que pretende ser el tuyo. Sin ombligos, una puede, como las chicas malas, ir a todos lados y no ir al cielo, necesariamente como las chicas buenas… después de todo, creamos o no en el paraíso, venga a nosotros tu Reino también quiere decir que lo podemos armar acá nomás, en nuestro cotidiano, en nuestro día a día, sin esperar ese otro que no sabemos a ciencia cierta dónde carajo queda”.

Tarde de sábado de mayo sin nada que hacer. Mal de amores carcomiendo el corazón, nostalgia de lo que fue y no es más. Llamado de Gaby para pasar la tarde colaborando en la mudanza de un barrio: programa original si los había (¿Mudar un barrio?¿Qué quiso decir con eso?). Bueno pero mejor bien acompañada que mal sola. Viaje en colectivo hacia la nada(¿Dónde queda esto que no sentí ni nombrar las calles?), cavilando, extrañando.
La bienvenida amiga, una caminata por un camino de tierra que se hacía barro al fondo hasta...un grupo de ranchos de lata...¡mudar un barrio! La entrada con Gaby, en debut exclusivo, a un rancho de villa y adentro, lo que no puede, lo que no debe existir: olores rancios, restos de comida sobre muebles desvencijados sobre piso de tierra barroso, la ropa en cajas de cartón, los chicos descalzos yendo y viniendo muriéndose de risa (¿De qué?), un espacio que se desgatiñaba por parecer una casa...mudar la villa al barrio. Tomó toda la tarde y la otra siguiente. Por su vista ya no había lugar para que entrara más nada. Qué es la pobreza, la miseria, se sabe, pero no es ESTO. ESTO no puede tener ni un nombre, no es digno de tener significante que lo nombre por lo terrible, por lo abandonado, por lo marginal, por lo obsceno a la dignidad... y ahí golpeó la epifanía joyceana, sin ser “artist” y menos “young man”: acá está lo que hace décadas estás buscando, éste era tu eslabón perdido, lo que te conecta al mundo real, nada de virtualidades, nada de que te cuenten los libros lo que está pasando ahí fuera. Y fue en ese barrio, en ese barro, perdida entre tantos interrogantes sin respuesta, que su vida tomó un rumbo definitivo, implacable, de camino sin retorno. Era como nacer de nuevo en otro planeta, del que nunca querría volver. Ya no sería la misma, ni quería serlo. La militancia era un palimpsesto cuyas huellas indelebles muchos episodios de su vida habían intentado borrar sin éxito. Hechos acá y allá habían armado una utopía sinuosa, indescifrable por años, que se remontaba a sus años adolescentes cuando enseñaba voluntariamente algunas cosas que ella no sabía del todo bien a chicos y chicas muy pobres que sabían menos, o cuando limpiaba culos sucios y mocos a los chicos y chicas “con problemas” del hogarcito...los condenados y condenadas de la tierra, sin aspiraciones a convertirse en candidata al Nobel, pero entendiendo que las cosas no eran así, solamente estaban así y se podían cambiar como piensa Paulo.

Mientras repasaba las copas, sintió un gran cansancio. Como si todo se precipitara de golpe y la espalda no resistiera más una mochila que ya tenía puesta. Tantas cosas. Una a una repasó las copas y las ordenó inútilmente siguiendo un esquema que en breve desarmaría. Cuando giró para buscar los cubiertos y las servilletas, se le deslizó un bretel del vestido estival que llevaba puesto. Sonrió.

¡Ay, cuánta gente en la verdulería! Tendría que haberme levantado más temprano, si ya sé que el sábado esto está desbordado”, pensó. Había tenido una semana perra, mucho trabajo, los chicos enfermos, y encima EL ni había vuelto a aparecer. Todo mal, y todavía había que pasarse toda la mañana haciendo compras, cosa que detestaba. Estaba parada pacientemente esperando su turno, cuando sintió un roce imperceptible, sensual en la espalda “Madre, tenés bajo el cierre del vestido, ¿te ayudo?”. La sorprendió la sensación, a cargo de la mano de un desconocido, no supo que decir, de hecho no dijo nada y aparentemente algo de su actitud fue interpretado por el chico de la verdulería como un “si”. Entonces volvió a sentir ese escalofrío placentero de un par de dedos subiendo la cremallera, solo unos centímetros, que le produjeron una sensación nunca antes experimentada. “Listo, ¿qué buscabas, madre?”. Con dificultad, como quien aterriza después de un viaje con muchas horas de vuelo, hizo su pedido, pagó y se fue. Afuera, todo parecía más luminoso. Porque si, nomás.

El mantel puesto, la mesa lista, todo en su lugar. Era hora de empezar a cambiarse. O peor de elegir qué ponerse. No había previsto nada particular, pero sabía que tenía que estar radiante o diferente al menos, no con la ropa de todos los días. Abrió el ropero y todo le pareció deslucido, común. Habrá que combinar entonces. De todos modos, sobre la piel bronceada, casi cualquier cosa luce distinta. Eligió, se vistió. Listo. Pensó qué era lo que quedaba pendiente, puso un poco de música: si, unos tangos vendrían bien, muy a pesar de las letras y la cadencia, siempre la ponían de buen ánimo. Y hoy eso era lo que quería.

Nunca supo bien por qué pero entre lo nuevo que había decidido para ese año duro y triste(¿Qué separación no lo es?) en un cuidadoso punteo escrito en una hoja de papel estaba “aprender a bailar tango”. No sabía cuándo ni dónde pero tarde o temprano iba a animarse. Por casualidad, descubrió un lugar donde enseñaban tango y después, por pura coincidencia, una amiga le comentó que ella iba a aprender ahí. Ya no tenía excusas: pasó, combinó día y horario con el profesor(un señor de sesenta largos) y estimó más conveniente empezar con una clase particular y no una grupal: no estaba para pasar papelones.
Con un temor indisimulado, concurrió al lugar el día convenido, esperando encontrar una clase con cierta estructura y método donde se empezaría con algo básico, nociones generales para luego ir avanzando. Error. El señor mayor, o sea, el profesor de tango, apenas hubo puesto a sonar el primer tango, la abrazó con firmeza y comenzó a llevarla de un lado a otro, esperando que ella lo siguiera como pudiera. Sintió una sensación difícil de poner en palabras: abrazada a un extraño, que además estaba perfumado con un aroma que la acompañaría todo el día, intentando interpretar qué hacer. Luego de dos o tres tangos, el se separó con brusquedad, la miró fijamente y le dijo:”Mira, nena, si vos no vas a abandonar ese perfil de minita emancipada que tenés, nunca vas a poder bailar tango”. El latigazo, porque fue eso, un latigazo, le cruzó el rostro y el alma, dejándola sin aliento y arrepentida de estar allí. Pero insistió y continuó algunas clases más, sin mayor éxito. Al cabo de unos meses, cuando ya había entrado en confianza con el profesor, atinó a preguntarle qué otro secreto había que ella no había descubierto para aprender a bailar porque todavía no podía hacerlo. Y se quejó porque hacía tantos meses que iba a las clases y nada. A lo que el respondió, una vez más, lapidario:”Esto no se cuenta en meses, es como aprender a volar aviones, son las horas de vuelo las que cuentan, no el tiempo que pasa”. Sintió que haber querido aprender algo “tan nuevo” a sus cuarenta y tantos había sido un error, que nunca podría hacerlo... Le parecía que haber elegido el tango, entre otras tantas cosas, la ponía de nuevo en el universo de lo marciano, de lo raro, no compartía este gusto con ninguno de sus amigos o amigas, navegaba sola por un mar donde no había nadie... Abandonó el tango con pesar, sufriendo porque, de la gente cercana, el único que la hubiera apoyado, alentado y comprendido era su papá, que había fallecido unos pocos meses antes de que ella hubiera asumido convertirse en una milonguera más. Sin embargo, notaba que ese extraño mundo había empezado a afectarla de una forma inesperada: mientras estaba de viaje en un lugar lejano, se había sorprendido a sí misma lagrimeando conmovida cuando escuchó unos tangos de Rivero. A la vuelta del viaje, cambió la estrategia y buscó la clase grupal. Poco a poco, encontró la clave insospechada para aprender a bailar mejor: alternar con diversas parejas, bailaran bien o mal, lo mismo daba. Y lentamente, el 2 x 4 se le fue metiendo en la piel, en el torso, en la espalda, en los ojos, y en el corazón. No abandonó nunca su aspiración emancipatoria, pero aprendió finalmente a dejarse llevar por la música y por el compañero ocasional que le tocara, a comprender cabalmente por qué, según Taboada, “este compás repicadito y dulzón te burbujea en la piel y te hace más querendón” (género aparte, ya que el tango, dicen por ahí, es muy machista).
Sola en el patio, ensayó unos pasos sueltos al compás de “Vuelvo al sur”, su tango favorito. Ya no había más que esperar que llegara la gente. Empezó a ponerse inquieta, no por lo que estaba por ocurrir, sino por lo que había estado ocurriendo desde temprano. Mala costumbre esa de hacer balances, revisar pedazos de vida, recuerdos y anécdotas. Pero hoy era inevitable. Lo que estaba pasando hoy no pasaba tan seguido. Echale la culpa a Occidente pensó, tal vez los chinos no hacen tanto bardo por esto...
Sonó el timbre, prendió las luces del patio. La noche era de delivery: como si la hubiera encargado así, espléndida, cálida, estrellada, limpia. Abrió la puerta. Era justamente quien más esperaba ver. Escuchó la inevitable cargada: “¿Cómo anda la viejita? Viste que me ibas a alcanzar algún día...¿Qué se siente con medio siglo encima?”. La besó con ternura mientras le susurraba:”¡Feliz cumple, bambina!”.


Seudónimo: La Maga/







Cosecha 2013

10.01.2013
( escrito en el celu, a falta de papel y lápiz)

Mis amores de larga duración
han sido siempre
negros
circulares
se rayaban
repetían rutinas
el calor los doblaba
y terminaban archivados
y cubiertos de polvo...
o sea,
fueron amores de vinilo
verdaderos LP.

Me cansé:
quiero un amor MP3
pa guardarle adentro
todo lo que nos ocurra,
lo que dé...