domingo, 18 de octubre de 2009

Mi único cuento de adulta, hasta ahora

Este cuento recibió el primer premio compartido en el concurso "Virginia Woolf", organizado por el IES "Olga Cossettini" en 2009.

2 x 4 = 2

Estaba distraída del resto del mundo, concentrada en probar y sacar ese paso nuevo de tango que no le salía – demasiados giros, demasiado equilibrio donde no había- cuando lo vio entrar. La primera impresión fue que este pibe era distinto de los demás. Sin embrago, así de una, la impresión no fue buena: esos chicos que parecen llevarse el mundo por delante como si fuera una número cinco, a la que gambetean, acomodan y ¡gol!, desenfadado, con sus rastas y su trenza con algo que, después de una cuidadosa observación, terminó siendo unas enormes cuentas de su color favorito, el turquesa. Canchero, afable, amistoso y cariñosamente recibido por todos los chicos y las chicas de la clase de tango. De esos que me dan miedo, pensó. Demasiado decontracté y seguro de sí mismo. Pero no cabía duda: que la impactó, la impactó. Además bailaba bien el pibe, un tango cadencioso, sentido, visceral… se notaba que lo disfrutaba. Luiyi, sintió que alguien le decía. Y cerró el archivo por esa noche. Sólo un personaje, un dato más en su carpeta de personas nuevas conocidas. (Ella venía de un fin de semana de terror. El Flaco avanzando, como sin querer, lo inevitable: me corro, te dejo, la pérdida del celular en una plaza, la vieja accidentada a la que había que operar, un sábado a la noche estéril, sin programa alguno, los chicos con el padre… sola, casi como de costumbre…) El desconocido no logró conmover toda esa malaria pero, de hecho, estaba registrado: guardar, Luiyi.doc. enter.

En las próximas clases de tango, el miedo por él crecía, que no me toque bailar con ese chico, mi estilo es pobre, desaliñado, no da Luiyi, me voy a sentir muy incómoda, pensaba. Pero, voilà! Finalmente le tocó bailar con el quien le aseguró entre sonrisas seductoras y giros inesperados que en el tango no hay errores, que había que dejar fluir la energía… y ella empezó a sentir cómo se le ruborizaba, sin remedio, el alma aunque no la cara. Pensó una vez más que el chico le daba miedo, pero que se estaba muy bien con él: abrazo fuerte, rotundo, hasta erótico, mucha convicción en lo que estaba haciendo, pasión por ese tango que ella desesperaba por aprender a bailar, aunque su cuerpo, con algunos años ya, se resistía. En realidad lo que más le costaba del tango era dejarse llevar por un hombre: experiencia inédita ésta ya que su vida había estado en general habitada por hombres débiles que seguían sus decisiones como si fueran biblias profanas, que no le discutían demasiado, que la cuestionaban por deporte pero que se acogían a sus mandatos porque, de hecho, les convenía: nada mejor que una segunda mamá con la que además se puede/debe coger: Edipus Complex, Reloaded!

La próxima vez que le tocó( ¿en suerte?) este incierto compañero como partenaire, sus ansias la traicionaron y se le mezclaron algunas pastillas: el juego de seducción-rechazo llegó al límite y le confesó, sin pensarlo demasiado: te tengo miedo. El la miró perplejo: ¿a mí? Si, a vos. Y todavía incrédulo, siguió bailando como si nada, tal era su propia pasión por este baile prostibulario, sanamente marginal y sensual: no importaba con quién bailara, él trataba de establecer esa comunicación tan rara en nuestros días, cuerpo a cuerpo, alma con alma, algo tan esencialmente humano como el amor y el odio.

Y como diría Iván, el milagro mordió el anzuelo una noche cualquiera, de esas de clase de tango cuando el grupo decidió quedarse de choripaneada y vino (poco vino para ella que se había ido con la moto y, ya se sabe, si bebés no conduzcas, bla, bla , bla). Así de golpe, de la nada, el se le sienta al lado y se ponen a charlar de una actividad de difusión de tango en una escuela pública y después de la vida y, ¡oh, coincidencia!, el era muy amigo de un conocido de ella, que era más que un conocido porque era el hermano de su cuñada y él, sí conozco a tu hermano, y ella fue entrando así, diríase evangélicamente como el camello, por el ojo de la aguja, y como, digamos, por milagro (para sostener la metáfora religiosa), dejó de sentir ese miedo que le tenía y lo envió al archivo de gente saludable y querible; cut, paste, enter. Y encima el le pidió su correo electrónico, que anotó en un papel doblado hasta el infinito, candidato inminente a la pérdida y al olvido. Y ella que pensó enseguida en la inútil promesa (te escribo así estamos en contacto) pero por adentro empezaron a explotar los fuegos artificiales y se abrió un cartel grande en su cabeza “Usted está entrando a una zona desconocida y no segura ¿desea continuar?” y aún convencida de que ese correo nunca llegaría, ella hizo click en “Sí”, e incluso ante la evidencia de otras experiencias previas marcó el casillero “No volver a mostrar este mensaje”.

Estragos, eso hizo el correo de el, que sí llegó, implacable llegó y encima dos, no uno: el primero así colectivo anunciando la cuestión de la escuela y otro personalísimo donde le comentaba que había estado hablando con el hermano de la cuñada(la de ella) que le había tirado toda la onda(sic) con ella, que le respondió pavadas acerca de que el no necesitaba que le hicieran buena prensa porque se la hacía solo, y el contestando, puntual, que gracias por el halago…¿Qué edad tenía este chico que usaba esa palabra tan formal: halago? La cuñada le había dicho que era pendejo, pero ella, curtida de tanta vida en el limbo y cansada de las resacas de la soledad, se dijo: al menos es mayor de edad, nadie podrá acusarme de nada ilegal. En principio, descartó el dato etario como irrelevante, ya se vería cuán problemático podía ser. Entonces sucedió, cortazarianamente cayó el hachazo, la estaqueada en el patio, la lluvia que cae sin avisar, puro capítulo 93 de “Rayuela”, como un dictum. Traduciendo y resumiendo: ella se había, irremediable e inexorablemente enamorado del chico decontracté, con rastas insólitas, de sonrisa constante, de cuerpo travestido por el tango.

Primeras medidas cuasi adolescentes: tener datos ciertos sobre paradero ¿dónde vive?¿tiene teléfono? ¿por dónde anda en la vida? Estaba en la guía y en algún archivo temporal le quedó grabado el número que no se molestó en memorizar. Inesperadamente, en el medio de un cumple familiar, suena el celular a un horario al menos tardío y a ella le pareció reconocer las cifras pero sin certeza alguna… contesta, era él, que quería contarle algunas cosas de lo de la escuela y que si podía fuera, que no se hiciera problema si no podía que estaba todo bien, que qué buena onda etc etc.
Ya está, si le quedaban dudas, esta llamada fue más fatal que la de Hitchcock. Definitivamente, ese chico le gustaba y mucho.

Al otro día, ella fue a dar una manito con la organización del evento de tango en la escuela. No se engañaba, iba en el fondo, con la ansiedad de poder verlo, y verlo en acción en otro ámbito que no fuera la clase de tango de los martes. Mientras ponía manos a la obra, no dejaba de mirarlo ir y venir, obsesivo porque todo estuviera en orden. En un momento, el se puso a conectar unas luces; de pronto, se le subió la remera negra (siempre se vestía de negro) y dejó descubierto su vientre simple, liso y, ay, apareció como diría Feinmann el bueno, el primer presagio del infierno: un enamoramiento básico, casi adolescente dijimos, transmutó en ¡deseo!, de recorrer, de besar, de hacer turismo de aventuras en ese cuerpo que se descubría a su pesar y sin intención alguna. Más tarde fue todavía peor. Cuando a la noche ella trocó sus ropas de calle (prácticas para, digamos, trabajar) por un vestido ajustado, azulado y escotado para ir a la “vero” milonga, en algún momento, inadvertidamente y sin premeditación, el pasó su mano por su espalda (la de ella)… la rozó apenas. Segundo presagio del infierno (donde siempre, siempre quedan camas disponibles): la electricidad surgió de su espina dorsal recorriéndole cada centímetro, cada poro. Vencida del todo, se reconoció impotente ante la evidencia. Si, final de juego, me enamoré con alevosía, tal vez una vez más del hombre equivocado.
Pero no hubo baile esta vez. Tuvo que irse más temprano, degustando una amargura profunda mezclada con una felicidad plácida por el descubrimiento.
Sus mañanas, sus noches (sobre todo sus noches) se volvieron eufóricas y brillantes por la ansiedad: el existía, estaba en algún lado, haciendo cosas que ella no podía, todavía, imaginar ni saber.

Su vida, sin darse cuenta, empezó a girar alrededor de los días martes, días de la clase de tango. Como muchas otras veces sentía que no sabía por dónde empezar. Había algo como buenas condiciones de posibilidad de acercarse al muchacho, conocerlo más (no quería caer otra vez en los enamoramientos ciegos, ya no le daba el cuero). Tenía que medir un poco más sus fuerzas, ver qué podía ofrecer y recibir. Con el corazón todavía cascoteado, no quería volver a sufrir gratis, aunque esa posibilidad siempre estaba. De ningún modo le ocurría esto de que los amores fracasados le impugnaban otros amores a futuro. Todavía conservaba pilas y esperanzas de disfrutar(se) lo que la vida quisiera ofrecerle y de hecho estaba dispuesta a colaborar activamente en el proyecto. No es que se sintiera segura de nada, menos de sí misma. Su autoestima era proporcional a su estatura, es decir, baja, rayana en cero. Eso, lo sabía, le pateaba en contra mal. Pero, aunque peleaba contra sí misma y recogía retazos de aprecio ajeno como para apuntalarse, sobre todo como mujer, los intentos no eran precisamente exitosos. Todo esto puesto sobre la mesa cual rompecabezas para armar, sin saber siquiera qué pieza acomodar primero, transitaba sus días y sus horas (y casi las contaba minuciosamente) que la separaban del martes.

Llego el día tan ansiado y más puntual que nunca, él volvió a hacer su aparición huracanada, repartiendo besos y abrazos. Sus ansias (las de ella) se elevaron al infinito y llegaron al punto del desatino cuando otra vez lo tuvo pegado, pecho con pecho, aclarando casi como una disculpa (inútil, lo sabemos) que a él le gustaba el abrazo apretado para bailar. El se reía de las caras que ella ponía cuando erraba un paso, cuando se adelantaba con un estilo más coreografiado que sentido o cuando hacía algo que él no le había marcado. Le daba cátedra: los pies no deciden nada, no se mueven por sí solos, acompañan el impulso del torso que recibe señales del otro torso, nos comunicamos con nuestros ejes que tienen que mantenerse unidos Cada frase la acercaba gradualmente a dónde quería estar: la locura total por él. Una vez más, el grupo decidió quedarse a un tercer tiempo plácido con pizzas y gaseosas. Y de nuevo fluyó la charla, esta vez con foco en su laburo, el de él: soy investigador y doy clase ¿qué investigás? Cuestiones relativas a la influencia de sustancias en el hígado ¿o sea? estoy todo el tiempo trabajando entre porrones y ratones, los emborracho y veo qué efecto tienen en los pobres bichos - Ya veo, las ratas y vos tienen algo en común, se toman los porrones… Charla amena, edificante que fue agregando datos al archivo ya existente. “El archivo Luiyi.doc ya existe ¿desea reemplazarlo?” Click en sí, enter.

Ya estaba, no era necesario nada más para que ella volara y supiera a ciencia cierta que, como dice el bolero, no hacía falta que le dijera que quería tener algo con él.

Otro correo electrónico le bastó para saber, porque él se lo contaba a todo el mundo, que iba a empezar a coordinar un taller de tango en un barrio alejado, donde el soñaba con difundir el tango con su ya innecesariamente explicable pasión. Y ella, ya deslumbrada hasta lo irracional, decidió irse un día a hacerle un poco de pata ya que el comentó, con algo de pesar, que solo había un par de personas que asistían al taller. Tomó un ómnibus que la llevó por territorios desconocidos y oscuros, no sabía bien si podría llegar a destino, pero pudo. Y allí estaba él, compartiendo sus saberes tangueros con un par de vecinos que lo seguían como podían porque su estilo era vertiginoso pero convincente. Se sorprendió cuando la vio, no la esperaba por allí pero aceptó la presencia de buena gana, como para no sentirse así tan solo en este ámbito nuevo que quería construir. Cuando terminó el taller, volvieron juntos para el centro y ella pensó (y dijo) si no era una buena idea que comieran algo juntos en su casa y el ¿por qué no? Y ella, tengo solo una pizza, y él, ok, cualquier cosa nos vendrá bien, y ella, ah y algo de vino, también o un porrón tal vez, que disfrutarás solo o conmigo pero sin tus ratas, ¡ja! La cena transcurrió tranquila y ella siguió cargando datos, que no hacían más que empeorar la situación, o mejorarla, ¡quién sabe! Lo veía ahí tan cerca, tan real, tan adorable… y ella de nuevo sin saber qué hacer ¿quién era, finalmente, más pendej@?
Como es medio tarde, si querés y no necesitás volverte a tu casa por algo en particular, te puedo armar la cama de uno de mis pibes y mañana te vas a la facu desde acá que te queda más cerca … Cuando terminó de decir esto se arrepintió enseguida, too much, pensó, me fui al carajo. Y él, no sería mala idea, ¿no te jode? Y ella no, para nada. Y el corazón le daba saltos y pugnaba por salirse de su lugar natural, ahí estaba él que se quedaba a dormir en su casa, no tan cerca como quisiera, pero no se puede tener todo en esta vida. Se paró y fue a buscar unas sábanas para armar la cama y cuando él fue a ver dónde tendría que dormir, en una frase tan inacabada como inesperada sentenció tal vez esta no es la cama donde quiero dormir :

Seudónimo en el concurso: Capítulo 93

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